Determinantes de la distribución de la población en edad de trabajar: un estudio de cambios y continuidades en tres cohortes de mexicanas

Determining factors of the working age population distribution: changes and continuities in three Mexican women cohorts
Olinca Dessirée Páez Domínguez*

 

PDF EPUB Edición: Vol. 8 Núm. 1 enero-abril 2017

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Con los datos longitudinales que ofrece la Encuesta Demográfica Retrospectiva 2011 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía y técnicas de análisis de historia de eventos, en este artículo se exploran los cambios y continuidades generacionales en la distribución de la población femenina en edad de trabajar, en los determinantes de la propensión a la ocupación en las mujeres y en los factores que afectan la continuidad de sus trayectorias laborales. Del análisis de la estadística descriptiva se infiere que la principal fuente de las diferencias según sexo en la participación en el mercado laboral y en la continuidad de las trayectorias laborales es la asignación de la responsabilidad del sostenimiento económico del hogar. No se observan contrastes generacionales importantes en este aspecto ni tampoco en el porcentaje de las mujeres en edad de trabajar que se emplean; en todo caso, las diferencias observables entre las cohortes de nacimiento se refieren a las circunstancias o factores que incrementan la propensión de ellas a interrumpir su trayectoria laboral.

Palabras clave: trayectorias laborales femeninas; mujeres en edad de trabajar; población no económicamente activa; bono de género; encuesta retrospectiva; análisis de historia de eventos.

 

In this article, generational changes and stabilities in the distribution of working-age women are explored using longitudinal data from the 2011 Retrospective Demographic Survey (EDER 2011) and Event History Analysis techniques. We examine changes and endurances in determinants of women’s likelihood of being employed, and in the factors that affect their labor trajectories’ continuity. From the statistical analysis, we infer that the main source of sex differences in labor force participation rate (and in the continuity of labor trajectories) is the assignment of the responsibility for the economic household maintenance. Significant generational differences are not observable in this respect, or in the percentage of working-age women employed. We only found significant generational differences in the circumstances or factors that increase the odds for women of interrupting their labor careers.

Key words: women’s labor trajectories; working age women; economically inactive population; gender dividend; retrospective survey; event history analysis.

 

Recibido: 1 de abril de 2016

Aceptado: 11 de octubre de 2016

 

* Instituto Nacional de Estadística y Geografía, olinca.paez@inegi.org.mx

 

Introducción

La población en edad de trabajar (de 15 años y más de edad) es clasificada estadísticamente en población económicamente activa (PEA) y población no económicamente activa (PNEA). La primera se compone de las personas que, en la semana de referencia, establecieron durante al menos una hora un vínculo laboral o ayudaron en alguna actividad económica sin percibir un ingreso (población ocupada) y también de aquellas que buscaron trabajo o iniciaron gestiones para emprender una actividad económica porque no estaban vinculadas a ninguna (población desocupada). Su complemento, la PNEA, incluye a quienes realizaron exclusivamente actividades no económicas y no buscaron trabajo.1

En México, la distribución de la población en edad de trabajar en PEA y PNEA históricamente ha sido muy diferente para mujeres y hombres y, aunque se ha evidenciado un incremento gradual de la tasa de participación económica de las mujeres a partir de la segunda mitad del siglo XX,2 en la actualidad parece haberse estancado en un nivel considerablemente distinto al que alcanza la de los hombres. Este fenómeno no es exclusivo del país, sino que está ocurriendo en varias naciones latinoamericanas: mientras que en la década de los 90 el incremento de la participación económica de ellas en la región fue acelerado (en algunos casos superior a 4% anual), en los años más recientes el ritmo de crecimiento ha sido bastante menor (Martínez-Gómez et al., 2013:12). En el caso mexicano, además, la tasa de participación de las mujeres continúa en un nivel particularmente bajo,3 a pesar de que la transición demográfica en el país fue rápida y el cambio en los niveles de fecundidad supuso, en países con condiciones semejantes, mayores tasas de inserción en el mercado laboral para las mujeres (Martínez-Gómez et al., 2013:16).

Las importantes diferencias en la participación económica de mujeres y hombres en México parecen vincularse con el rol tradicional de ellas como encargadas de los trabajos doméstico y de cuidado de los miembros del hogar. La información recogida por la serie de encuestas sobre uso del tiempo en el país ha mostrado la preponderancia del trabajo femenino reproductivo, en el sentido social del término, sobre el productivo remunerado, y a la inversa en la esfera masculina.4 “Los hombres continúan siendo el principal componente de la fuerza de trabajo y los principales proveedores de las familias mexicanas…” apunta García (2010:366). Así, en lo general, los casos de mayor intensidad de la participación de las mujeres en actividades de mercado han sido explicados por la necesidad de trabajar en ausencia de proveedor masculino, más que por un mejor aprovechamiento de capital humano o del bono de género.5

La persistencia del modelo de distribución del trabajo (remunerado y no remunerado) al interior y fuera de los hogares, en función de la edad y el sexo de las personas, es sólo una de las explicaciones posibles del estancamiento de la tasa de participación económica de las mujeres en un nivel bajo y muy distinto del que tiene la de los hombres. Otras explicaciones complementarias apuntan a que ellas, aunque ahora tienen mejores niveles educativos, siguen especializándose en ciertas profesiones que suelen alcanzar remuneraciones promedio menores a las obtenidas en otras profesiones en las que se desempeñan hombres en su mayoría y, entonces, los incentivos para emplearse son diferentes para unas y otros. Asimismo, se ha señalado la existencia en los mercados de trabajo de barreras para las mujeres, no formales ni explícitas, a la ocupación de puestos de mayor jerarquía, por ejemplo, jornadas excesivamente largas o la necesidad de viajar a lugares distantes por varios días, que hacen incompatible el trabajo con la atención diaria de los hijos, que recae sobre todo en ellas. En fin, una serie de estímulos que, en conjunto, favorecen la participación masculina en lugar de la femenina, en especial cuando se decide que lo conveniente en el hogar es que sólo uno(s) trabaje(n) para el mercado y otro(s) lleve(n) a cabo las tareas domésticas y de cuidado.

Las diferencias según sexo en el agregado nacional son observables, por ejemplo, en la distribución de la PNEA por principales actividades de las personas: entre las mujeres que constituyen la PNEA, 70% se dedican a los quehaceres domésticos, 20% son estudiantes, 3% están pensionadas o jubiladas, 1% tiene algún impedimento físico para trabajar y el resto está en otra condición. Para el caso de los hombres, 48% son estudiantes, 18% están pensionados o jubilados, 6% se dedican a los quehaceres domésticos, 3% tienen algún impedimento físico para trabajar y 25% se encuentran en otra condición (Ortíz y Flores, 2014).

Cuando la edad se incorpora al análisis, las diferencias en la participación económica de mujeres y hombres dejan entrever los efectos conjuntos del cambio generacional y el ciclo de vida de las familias en relación con el género: la de ellos se maximiza entre los 30 y 39 años de edad, mientras que para ellas ocurre entre los 40 y 49 años, cuando los hijos han crecido; además, la brecha más amplia entre las respectivas tasas de participación económica aparece entre los 50 y 59 años de edad, posiblemente por el efecto generacional (Ortíz y Flores, 2014).

García (2010:367) describe los cambios en los patrones de participación económica femenina en el caso mexicano: del predominio de mujeres jóvenes y solteras a finales de la década de los 70 (Rendón y Pedrero, 1976), al incremento de la participación laboral de las casadas y con hijos y, en las últimas dos décadas, las mayores tasas de participación entre los 35 y 44 años de edad. En los tres escenarios subyace el vínculo que el trabajo de las mujeres tiene con la nupcialidad y la fecundidad; los cambios ocurridos en el tiempo parecen ser resultado del ajuste de la fuerza laboral femenina a los recursos sociales disponibles en determinada coyuntura.

En las décadas recientes, entonces, más que el crecimiento de la tasa de participación económica de las mujeres —incluso su aceleración motivada por la virtual igualdad con los hombres en materia educativa—, lo que observamos en México es el aparente cambio del perfil demográfico de las mujeres que se emplean o sus motivaciones; suponemos que ello responde a los ajustes que han requerido o podido hacer en el marco de transformaciones en los contextos social y cultural (la posibilidad de casarse o unirse sin tener descendencia, la disponibilidad de las abuelas para apoyar con el cuidado de los niños, el incremento de la proporción de hogares con jefatura femenina, la erosión de los salarios reales y la necesidad de mayores fuentes de ingreso, por mencionar sólo algunos determinantes).

Así, la desaceleración o estancamiento de la tasa de participación económica de las mujeres en edad de trabajar parece explicarse en el hecho de que, no obstante los cambios ocurridos, en particular el descenso de la fecundidad y el mayor logro educativo, ellas —y la sociedad en la que viven— siguen priorizando su papel de esposa y madre.

Este trabajo explora esa hipótesis con datos longitudinales retrospectivos existentes para tres generaciones de mujeres adultas que en el 2011 habitaban en ciudades de México. Además de la información transversal que ofrecen las encuestas de empleo y de uso del tiempo, la recolección de datos longitudinales retrospectivos en México permite completar el análisis de las características del empleo femenino en la segunda mitad del siglo XX y lo que va del actual, al describir las trayectorias laborales de mujeres de varias generaciones recientes, identificando el inicio de las mismas, su duración y sus interrupciones, así como los factores asociados a éstos. Los datos longitudinales confirman que la distribución de la fuerza laboral no parece haber cambiado mucho entre generaciones de mujeres y hombres que a la fecha tienen 65 años de edad y las de poco más de 35. Si bien se verifican cambios generacionales ocurridos en algunos de los determinantes de la participación económica de las mujeres en México (como el nivel educativo alcanzado), para el caso de otros determinantes más bien se observan continuidades. Este artículo explora los pesos y contrapesos de los distintos factores que empíricamente demuestran tener incidencia en la distribución de la población femenina en edad de trabajar.

Datos y metodología

El principal insumo para esta investigación son los datos de la Encuesta Demográfica Retrospectiva (EDER), que levantó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) en el 2011. Se trata de una encuesta de tipo longitudinal que permite analizar cómo se relacionan las distintas circunstancias y trayectorias de los individuos para producir determinados resultados. Recoge información de tres cohortes de mujeres y hombres, lo que la hace útil para estudiar al mismo tiempo los cambios ocurridos en los contextos social, económico y cultural del país.

Los individuos que formaron parte de la muestra nacieron entre 1951-1953, 1966-1968 y 1978-1980 de manera que, al momento de la encuesta, la mayor parte de ellos habría alcanzado por lo menos los 30 años de edad. En ese momento, todos vivían en ciudades de la República Mexicana (ver cuadro 1).

Las trayectorias de vida de todas las personas se truncan hasta los 30 años de edad, sin importar la cohorte de nacimiento a la que pertenecen, esto es necesario para que el periodo de exposición al riesgo de ocurrencia de un evento sea igualmente largo para cualquier individuo de la muestra, las comparaciones entre cohortes sean válidas y sea posible verificar cambios generacionales. Cabe destacar que a los 30 años la mayor parte de las mujeres, de cualquiera de las cohortes estudiadas, había iniciado su vida laboral, reproductiva y conyugal (ver cuadro 2).

En el siguiente apartado se describen las diferencias en las trayectorias laborales de las mujeres de las tres cohortes y se identifican sus posibles fuentes. Más adelante, se exploran los datos bajo el enfoque de análisis de historia de eventos, una aproximación metodológica que consiste en examinar cuándo y por qué ocurren cambios en una variable determinada, a partir de información longitudinal. Dado que la base de datos recoge información para cada año de vida de las personas, es adecuado emplear como técnica particular de análisis el ajuste de modelos de regresión logística de tiempo discreto.

En principio se ajusta un modelo para estimar la propensión a la ocupación de las mujeres de entre 15 y 30 años de edad6 en función de algunas variables explicativas que destacan en el análisis descriptivo o se mencionan en la literatura sobre el tema, a saber:

• Cohorte. Es constante en el tiempo. La categoría de referencia es 1951-1953.

• Edad. Cambia en el tiempo. Se introduce en el modelo como variable continua.

• Estar estudiando. Cambia en el tiempo. Se introduce en el modelo como variable dicotómica con valor 1 si asiste a la escuela y 0 en caso contrario (esta última es la categoría de referencia).

• Ser el principal sostén económico del hogar. Cambia en el tiempo. Se introduce en el modelo como variable dicotómica con valor 1 si se identifica como principal sostén económico del hogar y 0 en caso contrario (categoría de referencia).

• Arreglo residencial. Cambia en el tiempo. Se introduce en el modelo con cinco categorías excluyentes entre sí: vive con el cónyuge (referencia); vive con el cónyuge y la suegra o los suegros; vive con el cónyuge y la madre o los padres; no está unida o no vive con el cónyuge y vive con la madre o los padres; y no está unida o no vive con el cónyuge, ni vive con la madre o con el padre.

• Número de hijos. Cambia en el tiempo. Se introduce en el modelo con cinco categorías excluyentes entre sí: ningún hijo (referencia), un hijo, dos hijos, tres hijos y cuatro o más hijos.

• Antecedente laboral de la madre. Es constante en el tiempo. Toma valor 1 si la madre estuvo ocupada en algún momento de la infancia del encuestado y 0 si no lo estuvo (referencia).

Para completar el análisis, se ajusta también un modelo para estimar la propensión a la interrupción de la trayectoria laboral de las mujeres de entre 15 y 30 años de edad. En este caso, en vez de incluir la cohorte como variable explicativa, se ajusta un modelo para cada cohorte, pues los valores de los parámetros de las otras variables y su significancia estadística son diferentes en cada una de ellas.

Además, el antecedente laboral de la madre ya no se incluye como variable explicativa, en su lugar se agrega una variable dicotómica que toma valor 1 para indicar que ha ocurrido el nacimiento de un hijo y 0 si no ha sido así (categoría de referencia). Los modelos se ajustan con los microdatos ponderados de la EDER, la unidad de observación son años-persona y los errores estándar están ajustados por cluster (todos los años de la biografía de cada individuo) y son robustos.

Cambios y continuidades en las trayectorias laborales

Los resultados de la Encuesta confirman que, a través de estas cohortes, tanto las mujeres como los hombres han logrado avances en los niveles de escolaridad alcanzados. En el caso de las mujeres de la primera cohorte, más de la mitad no tuvo estudios o sólo cursó primaria; en la cohorte intermedia, más de la mitad estudió primaria, secundaria o carrera técnica o comercial; en tanto que, en la cohorte joven, más de la mitad alcanzó secundaria, preparatoria o profesional (ver cuadro 3). El avance educativo a través de las generaciones coincide con el aumento del porcentaje de mujeres con experiencia laboral a los 30 años de edad (ver cuadro 2), lo que es congruente con la aproximación teórica que relaciona la formación de capital humano y las oportunidades laborales.

No obstante, también se advierte que el porcentaje de las mujeres que a los 30 años de edad7 había tenido al menos un empleo fue, en realidad, elevado en las tres cohortes, y aunque tal porcentaje es menor que el de los hombres, las dos diferencias fundamentales según sexo fueron, de hecho, la proporción de personas que a los 30 años de edad ya había sido sostén principal del hogar en algún año de su vida (ver gráfica 1) y el porcentaje de personas ocupadas, a cada edad, entre los 15 y los 30 años (ver gráfica 2).

Además, aunque buena parte de las mujeres trabajó de forma continua a partir del inicio de su trayectoria laboral, independientemente de su cohorte de nacimiento (60.9, 57.5 y 51.8%, respectivamente), la proporción de ellas que interrumpió tal trayectoria en una o varias ocasiones se incrementó de la primera a la segunda cohorte y, más aún, de la segunda a la tercera. Según la EDER 2011, las interrupciones ocurrieron con mayor frecuencia a los 26, 28 y 30 años de edad en cada una de las cohortes (de forma respectiva representaron 16, 15 y 16% de las mujeres de cada una de esas edades que ya habían iniciado su trayectoria laboral).

De esta evidencia parten las preguntas e hipótesis que guían la investigación. A pesar de los avances educativos de las mujeres en México y del mejor acceso a los mercados de trabajo, el nivel de participación económica femenina, medido en un momento en el tiempo, sigue siendo bajo y significativamente menor al de los hombres.8 ¿Por qué? Parece que la división sexual del trabajo al interior de los hogares sigue teniendo un peso relevante en la distribución de la población femenina en edad de trabajar. ¿Cuáles son las circunstancias o los eventos que hacen más propensas a las mujeres del país a la interrupción de su trayectoria laboral? ¿Son las mismas circunstancias o eventos que afectaban la continuidad laboral de mujeres de generaciones recientes?

De manera intuitiva pueden responderse estas preguntas en tanto que las diferencias por sexo en las historias laborales son reconocidas y están normalizadas en la sociedad; sin embargo, persiste la idea de que los cambios generacionales en este ámbito siguen ocurriendo, aunque sea de forma marginal (ver, por ejemplo, Pedrero, 2013:75). La información recabada con la EDER 2011 es útil para examinar el ritmo al que se están dando esos cambios, si es que en realidad siguen ocurriendo.

Determinantes de la participación laboral femenina

Según los resultados del primer modelo descrito en el apartado metodológico de este artículo, no hubo diferencias importantes en la propensión de las mujeres a emplearse sólo por haber nacido en cohortes distintas (1951-1953, 1966-1968 ó 1978-1980). Como se dijo antes, el análisis por cohortes es una aproximación al de los cambios debidos a los contextos social, económico y cultural del país. Así, este resultado es relevante en tanto que deja ver, en lo general, una especie de estancamiento en la ideología social, en los valores y creencias de instituciones culturales —como la familia— en cuanto a la perspectiva de género, que se traducen en la continuidad de baja participación de la población femenina en el mercado y que, en todo caso, dejan en el ámbito individual las explicaciones de los casos atípicos de mayor intensidad o continuidad de las trayectorias laborales de ciertas mujeres.

Respecto a las características individuales: como se puede anticipar, con la edad se incrementaron las probabilidades de estar ocupada, 16% con cada año; estar estudiando redujo las posibilidades de emplearse en 68%; que la madre hubiera trabajado en algún momento entre los cero y los 15 años de edad de la encuestada aumentó la propensión a la ocupación en 29%; en cuanto al número de hijos, conforme se incrementó la fecundidad, la propensión al empleo se redujo; y el factor que mayor peso tuvo en la tendencia al empleo fue haber sido el principal sostén económico del hogar, pues multiplicó por 16 las probabilidades de ocuparse, todo lo demás constante.

Además, se observa el efecto de los diferentes arreglos residenciales posibles: respecto a vivir sólo con el cónyuge, la corresidencia con la suegra o suegros disminuyó la propensión al empleo en 17%, en tanto que la corresidencia con el cónyuge y la madre o padres incrementó tal propensión en 37 por ciento. Durante los años en los que las mujeres no estuvieron unidas o no vivieron con el cónyuge, pero sí con la madre o los padres, casi se duplicó la probabilidad de estar empleadas, respecto a los años de corresidencia exclusiva con el cónyuge. Más aún, durante los años en los que las mujeres no estuvieron unidas o no vivieron con el cónyuge, ni con la madre o el padre, esa probabilidad fue 2.4 veces mayor comparada con la probabilidad durante los años de corresidencia exclusiva con el cónyuge (ver cuadro 4).

Los resultados del modelo respecto a las variables que caracterizan al individuo (que se describen en los dos párrafos anteriores) confirman que la empleabilidad de las mujeres, de cualquiera de estas generaciones, ha estado más en función de la necesidad de proveer al hogar —y de la posición en el mismo en cuanto a su relación de dependencia con otros familiares— que de aprovechar las propias capacidades, obtener satisfacción personal o reconocimiento social, quizá porque estas mujeres, incluso las más jóvenes y educadas, fueron formadas socialmente para priorizar la atención del hogar y la familia, y para obtener de ahí mismo la satisfacción personal y el reconocimiento social.

Determinantes de la interrupción de la trayectoria laboral de las mujeres

El segundo modelo fue ajustado para cada una de las cohortes por separado, pues las estimaciones de los parámetros y su significancia estadística varían entre ellas. Como ya se dijo, las variables explicativas en este modelo son las mismas que las incluidas en el modelo que estima la propensión a la ocupación, con excepción del antecedente laboral de la madre, que en este caso se omite y en su lugar se introduce una variable que indica si en un año particular ha ocurrido el nacimiento de un hijo o no.

Para las mujeres nacidas entre 1951 y 1953, la edad, la asistencia escolar, ser el principal sostén económico del hogar y el nacimiento de un hijo no parecen haber incidido en la probabilidad de interrumpir la trayectoria laboral. En cambio, los datos sostienen que en comparación con la unión y corresidencia conyugal, durante los años de soltería o ausencia del cónyuge, las posibilidades de salida del mercado laboral disminuyeron de manera considerable: 83% si la mujer residía con la madre o los padres y 69% si no vivía con ellos. También, que entre mayor el número de hijos, menor la probabilidad de interrupción de la trayectoria laboral.

A diferencia de sus pares de la cohorte previa, las mujeres que nacieron entre 1966 y 1968 y asistían a la escuela tuvieron 56% menos probabilidades de dejar de trabajar; además, fueron dos veces más propensas a abandonar sus trabajos en los años en los que tuvieron un hijo. En cuanto a los efectos de la unión y corresidencia conyugal y de la fecundidad, los resultados coinciden con los de la cohorte 1951-1953, aunque son de menor intensidad (ver cuadros 5 y 6).

El modelo ajustado con información de la cohorte más joven sugiere una mayor relevancia de ser el principal sostén económico del hogar en la continuidad de la trayectoria laboral de las mujeres. Asimismo, destaca que para las mujeres nacidas entre 1978 y 1980, la corresidencia con la madre o los padres durante los años de unión y corresidencia conyugal incrementó la probabilidad de dejar de trabajar en 66%, comparada con la probabilidad de abandonar el empleo cuando sólo se vivía con el cónyuge. El efecto de la fecundidad sobre la propensión a la interrupción de la trayectoria laboral en esta cohorte es menor que en la cohorte intermedia, pero en el mismo sentido: entre más hijos, menos probable es la interrupción de la trayectoria laboral, aunque las mujeres de esta cohorte fueron casi tres veces más propensas a dejar sus trabajos en los años en los que tuvieron un hijo (ver cuadro 7).

Reflexiones y conclusión

Hace poco más de una década, Teresa Rendón explicaba que “…las mexicanas de hoy tienen más posibilidades de participar en el trabajo extradoméstico que las de antaño, pues dedican menos años de sus vidas y menos horas diarias a la crianza de sus hijos…” (2003:16) y, en efecto, en contraste con generaciones de mujeres con muy altos niveles de fecundidad, las de generaciones más recientes incrementaron su participación económica, como ha sido reportado en otros trabajos. “Otro factor decisivo de la progresiva incorporación de las mujeres al mercado de trabajo [agrega Rendón] ha sido el aumento de sus niveles de escolaridad. Hay evidencias contundentes acerca de que, en el caso de la población femenina, existe una relación positiva entre nivel de instrucción y la tasa de participación en el trabajo extradoméstico…” (Rendón, 2003:17). Sin embargo, el grado de participación laboral de las mujeres en México es menor de lo que se espera dados los niveles de fecundidad y escolaridad alcanzados y, además, el porcentaje de ellas que participa de la actividad económica aún dista mucho del que alcanza la población masculina.

Lo que se encontró en esta investigación es que, si bien el porcentaje de las mujeres con experiencia laboral a los 30 años de edad fue alto en las tres generaciones estudiadas y aumentó a través de las cohortes de nacimiento 1951-1953, 1966-1968 y 1978-1980, pasando de 78 a 90% (lo que abona a la idea de que en México las mujeres nacidas a partir de la segunda mitad del siglo pasado participan más en el mercado laboral que sus pares de antaño), el menor porcentaje de participación laboral en un momento determinado está muy relacionado con la discontinuidad de sus trayectorias laborales, que es elevada independientemente de la cohorte de nacimiento.

En este sentido, es de notar que la proporción de mujeres que interrumpió su trayectoria laboral en una o varias ocasiones se incrementó de la primera a la segunda cohorte y más de la segunda a la tercera, y que el número de interrupciones también aumentó a través de las generaciones. El momento en el que ocurrieron más frecuentemente las interrupciones fue cada vez más tardío, como lo fue también, en términos agregados, la experiencia de la maternidad; pero, en particular, llama la atención el efecto negativo de la unión conyugal sobre la propensión a la ocupación y la continuidad de la trayectoria laboral. La asociación entre las edades a las que con mayor frecuencia se interrumpió la trayectoria laboral y los calendarios matrimonial y reproductivo de cada una de las cohortes de nacimiento sugiere que, como el cuidado de la familia y el trabajo doméstico siguen siendo funciones atribuidas sobre todo a las mujeres, su participación en actividades económicas se suspende en los momentos del ciclo de vida que suponen mayor carga de este tipo de labores (pues aunque la descendencia sea reducida, el estilo de crianza vigente exige otra intensidad).

Con los datos de la EDER 2011 no se perciben cambios notables en la participación laboral de mujeres pertenecientes a generaciones más próximas que reflejen los avances más recientes en materia educativa y de formación de capital humano. En las tres cohortes que se comparan, no son visibles diferencias importantes en la propensión a la ocupación de las mujeres cuando se controla por las variables edad, asistencia escolar, responsabilidad del sostenimiento económico del hogar, arreglo residencial, número de hijos y antecedente laboral de la madre.

Los resultados indican que el factor más importante en la decisión (individual o familiar) de emplearse es la responsabilidad de sostener económicamente al hogar. También, se demuestra la relación inversa entre el número de hijos y la propensión al empleo, lo cual es indicativo de que la responsabilidad de la crianza recae sobre todo en las mujeres. Por último, destacan las diferentes probabilidades de emplearse en función de con quién se vive: la mayor propensión al empleo la tienen las mujeres solteras que no residen con sus padres, y esa propensión va descendiendo desde las solteras que viven con sus padres, pasando por las unidas que habitan con ellos, las unidas que viven sólo con su pareja, hasta las unidas que cohabitan con sus suegros.

Así, se confirma la vigencia en México de ese modelo de distribución social del trabajo que asigna a las mujeres la responsabilidad de la crianza y del trabajo doméstico y a los hombres el sostenimiento económico del hogar. Estos resultados obtenidos con datos longitudinales son consistentes con los derivados de encuestas de uso del tiempo, en cuanto a la especialización por género en la realización de las actividades productivas (en las que se incluye tanto el trabajo de cuidados como el doméstico no remunerado) dentro y fuera del hogar.

Este modelo de distribución social del trabajo determinado por el género parece obsoleto una vez superados ciertos contextos familiares, económicos y tecnológicos que prevalecían antaño (como una numerosa descendencia, la necesidad de producir bienes y servicios para el autoconsumo y la inexistencia de electrodomésticos, entre otros). No es poco frecuente escuchar que la división sexual del trabajo se funda en razones naturales o biológicas, que el mayor apego de las mujeres con los hijos responde al vínculo que ellas han tenido desde la gestación y de ahí que el cuidado de los niños pequeños y la atención de sus necesidades —y de paso de las de los otros miembros de la familia— se les atribuya por una mayor especialización.

Hoy en día se entiende que hay mayores similitudes que diferencias entre mujeres y hombres, y puede explicarse el género más como un continuo en el que los extremos son el estereotipo binario, en los cuales se comprende también que las diferencias que hemos supuesto son más bien un producto cultural. Es el tiempo de la defensa de los derechos, del respeto a la diversidad y de la lucha por la igualdad. Han transcurrido varias décadas de intensos esfuerzos por cerrar las brechas educativas entre mujeres y hombres, porque en el mundo abunda evidencia del efecto positivo de la educación de las mujeres para la sociedad en su conjunto. Incluso, se habla ahora del bono de género en alusión al potencial que tienen países como el nuestro con su población femenina en posibilidad de incorporarse al mercado laboral,9 lo que supone mayor disponibilidad de fuerza de trabajo y, en la medida en que ellas estén al menos tan educadas como ellos, de mayor calidad también. Significa, de hecho, una menor razón de dependencia económica en la población y la posibilidad de generar ahorro e inversión.

Para beneficiarse del bono de género, son indispensables al menos dos condiciones: el cierre de brechas de género en la formación de capital humano y el estímulo a una mayor tasa de participación económica de las mujeres. La primera va más allá de garantizar iguales tasas de matriculación o eficiencia terminal en la educación formal de mujeres y hombres; tiene que ver, también, con la eliminación de los sesgos de género en la selección de oficios y profesiones que, en el largo plazo, determinarán las ocupaciones, puestos y salarios a los que pueden aspirarse; tiene que ver, incluso, con los valores que se promueven de manera diferenciada por sexo, tanto en la educación formal como en la informal, que terminan generando, por ejemplo, que el liderazgo femenino se perciba en la sociedad de manera muy distinta al masculino.

El estímulo a una mayor tasa de participación económica de las mujeres se relaciona necesariamente con reducir los costos de oportunidad que ellas enfrentan en la elección de emplearse y esto, básicamente, requiere de garantizar dos situaciones: respecto a los hombres, igualdad de oportunidades laborales y equidad10 en las condiciones de empleo y, al mismo tiempo, una repartición más justa del trabajo doméstico y de cuidados.

Fuentes

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Consultado en http://www3.inegi.org.mx/sistemas/glosario/Default.aspx?ClvGlo=EHENOE15mas&s=est&c=33309 en febrero del 2016.
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1 INEGI, 2015.
2 Ver Rendón, T. (2003) y García, B. (2010).
3 De hecho, México tiene la tasa de participación económica más baja de América Latina, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
4 Ver, por ejemplo, el cuadro 4.1 de los tabulados sobre uso del tiempo y bienestar subjetivo 2014, en http://www.beta.inegi.org.mx/proyectos/investigacion/bienestar/tiempo/default.html?init=1
5 Se define como “ el beneficio económico potencial que se obtiene por el incremento de la participación de la mujer en la actividad productiva” (Martínez-Gómez et al., 2013:5).
6 El rango permite considerar sólo a la población en edad de trabajar (15 años y más) y que los resultados por cohorte sean comparables (los encuestados de la cohorte más joven tenían alrededor de 30 años al momento del levantamiento).
7 Como se dijo antes, con el objetivo de hacer comparaciones entre las cohortes evitando resultados sesgados por una mayor exposición al riesgo de las cohortes intermedia y avanzada, es conveniente analizar la trayectoria laboral de los individuos truncada a los 30 años de edad.
8 Por ejemplo, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del tercer trimestre del 2015 arroja que la tasa de participación económica de las mujeres de 15 años y más de edad en áreas más urbanizadas es de 48.1%, mientras que la de los hombres, de 76.1 por ciento
9 Ver Martínez-Gómez et al., 2013.
10 Uso el término equidad y no el de igualdad porque, en efecto, por razones reproductivas, debido a que la gestación y la lactancia pasan por el cuerpo de una mujer, las condiciones laborales requeridas para estimular la participación de las mujeres difieren de las condicio-nes estándar que se otorgan en la actualidad a una población ocupada mayoritariamente masculina.

Olinca Desirée Páez Domínguez

Autor

Es licenciada en Economía por la Universidad Veracruzana y obtuvo la Maestría en Demografía en El Colegio de México. Estudió también el Diplomado en Gobierno, Gestión y Políticas Públicas en el CIDE Región Centro. Fue distinguida con el segundo lugar del Premio Nacional de Investigación Social y de Opinión Pública 2012 que otorga el Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública de la Cámara de Diputados. Sus intereses de investigación incluyen las transiciones a la adultez, el estudio de la desigualdad en su variedad de expresiones, así como los cambios y continuidades transgeneracionales. Se ha desempeñado como docente e investigadora en instituciones de educación superior, enfocándose en la enseñanza de la Estadística y la Economía como modelos de uso de la información disponible y de análisis de la realidad. En la actualidad, es subdirectora de Investigación de Información Econométrica en el INEGI.